Muéstrame, enséñame, guíame


No suelo revisar mi teléfono durante el día. Sin embargo, era el tiempo del almuerzo –el único tiempo libre que tenía como maestro practicante– así que decidí revisarlo. Tenía un mensaje de un amigo: “Hay una oportunidad de trabajo en Salem Christian School, les he dado tu nombre, ¡necesitan a alguien lo antes posible!”. Pensé: pero, aún no me he graduado. Y entonces mi corazón murmuró: ¡muéstrame, oh Dios, tus caminos!

Una entrevista, dos llamadas telefónicas y tres días después, el colegio me abrió la oportunidad para completar el último trimestre del año escolar como profesora de segundo grado. Yo estaba extasiada. Recibí un permiso especial para concluir mi ejercicio como maestra practicante y comencé a dar clases en Salem Christian School dos semanas después del mensaje telefónico. Curiosamente esta era la única escuela en Chicago en la que yo no había solicitado empleo. Sin embargo, allí era donde el Señor me necesitaba.

Un año más tarde, sentada en mi aula de clase un miércoles a las 7:00 p. m. organizo actividades alternas para el viernes. Al mismo tiempo, archivo la montaña de papeles que he acumulado durante todo el año, y contemplo las boletas de calificaciones que debo entregar al día siguiente. Enseñar en SCS no es la única actividad que ocupa mi tiempo diariamente.

La verdad es que vivir y amar a la gente del área urbana de Chicago es sinónimo de actividad constante en el corazón y la mente.

Anoche, dormí en el hogar de un niño de 7 años porque sus a sus padres les es requerido un testigo, no familiar, presente todo el tiempo o pierden la custodia de sus hijos. La semana pasada, una niña de séptimo grado a quien doy mentoría fue abandonada por su madre en la escuela. Ella llegó a mi casa con la incertidumbre de no saber qué hacer y la esperanza de que yo la recibiera como huésped. El mes pasado, pasé una noche en la sala de emergencia con mi compañera de habitación, seguida de constantes visitas la semana siguiente para orar por su recuperación. El semestre pasado regresé a casa, con las noticias de violencia, depresión, violaciones, accidentes automovilísticos, prostitución, etc. Definitivamente el pecado está fuera de control. Gente que amo es constantemente abofeteada con el aguijón del abuso, duelo y abandono.

En cada una de estas circunstancias mi corazón llora. Padre, enséñame tus caminos.

Pero, a pesar de todo el dolor que pueda experimentar durante la noche, doce radiantes rostros iluminan mi aula de clases cada mañana.

“Buenos días profesora Van Dyke, ¿adivine qué? ¡Anoche gané un premio en mi clase de gimnasia!”. “¿Tendremos clase de gimnasia hoy?” “Señorita V, el corte con papel que hice la semana pasada aún me duele, ¿podría tener una vendita (Band-Aid)?”.

Es en ese momento que me aferro al modelo de Jesucristo. El, después de enterarse que su primo Juan había muerto, trató de apartarse con sus discípulos para tener su duelo. Marcos nos narra: «Pero muchos que los vieron salir los reconocieron y, desde todos los poblados, corrieron por tierra hasta allá y llegaron antes que ellos». (Marcos 6:34 NVI). Yo, me habría excusado por esa vez. En realidad he tenido días en donde he querido hacer esto. Pero, observo la respuesta de Jesús: «Cuando Jesús desembarcó y vio tanta gente, tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas sin pastor. Así que comenzó a enseñarles muchas cosas». (Marcos 6:34 NVI) A pesar de su duelo y dolor personal, Él tuvo compasión y continuó su labor de enseñanza.

Cuando el duelo y el agotamiento, que vienen por la carga del dolor de los que me rodean, amenazan con anularme, me refugio en el Dios de mi salvación. Guíame en tu verdad, Jesús. Mi esperanza está en ti todo el día.

Dios es mi fortaleza. A través de Él, tengo acceso ilimitado a la compasión y fuerza que no encontraría en ninguna parte. Puedo caminar al lado de mi prójimo que sufre, al mismo tiempo que enseño y discipulo a las doce almas necesitadas que Dios me ha entregado.

Algunos días tengo la impresión que mi servicio se resume en la siguiente declaración: “Muy bien Dios, me presentaré y seré fiel en la enseñanza”. Pero lo que realmente ocurre cada día es que Él dice: “Muy bien Hayley, yo voy a llegar no importando dónde o cómo estés. Yo seré fiel en enseñarte todo.”

En el salmo 25, David declara su confianza y dependencia al Señor: «Señor, hazme conocer tus caminos; muéstrame tus sendas. Encamíname en tu verdad, ¡enséñame! Tú eres mi Dios y Salvador; ¡en ti pongo mi esperanza todo el día!» (Salmo 25:4-5 NVI). Esta es también mi oración mientras enseño y sirvo: Padre Celestial, muéstrame, enséñame, guíame.

Logré completar mi primer año de enseñanza, por la gracia del Señor con la lección claramente aprendida;

Muéstrame, enséñame, guíame1

Esto requiere aprender, observar y confiar en Él. El año pasado Dios me mostró que su voluntad para mi, era Salem Christian School. Me mostró, las veredas y los caminos que debía caminar y con ternura, me guió al conocimiento de Su verdad.

Mi oración es que mis estudiantes experimenten lo que significa tener un maestro que sigue y obedece al Dios Todopoderoso. Oro para que ellos puedan ver el gozo y la paz que este caminar da. Espero haberles animado a unirse a mi jornada diaria de descubrir, obedecer y seguir a nuestro Padre Celestial.


Autora

Hayley Van Dyke es graduada del Moody Bible Institute (2014) con especialización en Educación Elemental y Biblia. Es actualmente profesora de tercer grado en Salem Christian School en Humboldt Park, Chicago, lugar donde ha vivido los últimos dos años.
2017-07-04T23:38:36+00:00