//Características personales de los maestros cristianos

Características personales de los maestros cristianos

No podemos guiar a los estudiantes a la verdad en formas auténticas y efectivas, a no ser que poseamos ciertas características personales.  En primer lugar, debemos estar comprometidos personalmente con Jesucristo porque al ser nuevas criaturas, Él cambia nuestras perspectivas y propósito.  Jesús nos salvó del pecado para que podamos consagrarnos a servirle, así como servimos a nuestros estudiantes a través de la enseñanza que impartimos.  Nuestro compromiso personal con Jesucristo es la base de la enseñanza para que nuestros estudiantes caminen en las sendas divinas y se deleiten en su fidelidad.

Modelar una manera cristiana de vida solo puede ser efectiva si nos comprometemos a mostrarla en nuestro trato con ellos.

Un compromiso con Jesucristo nos lleva a estar llenos del Espíritu.  Este proceso puede tomar lugar instantáneamente como sucedió con Pablo, o puede ser un proceso gradual que se lleva a cabo a través de la oración, el estudio de las Escrituras, la adoración y el servicio.  Lo que sea que Dios use, el Espíritu Santo produce en nuestras vidas tanto dentro como fuera de las aulas, las cualidades que la Escritura llama el Fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, autocontrol y verdad (Gálatas 5:22-23 y Juan 14:16-17).  El Espíritu nos da poder para enseñar con sabiduría y verdad.

Nótese que el amor es mencionado primero, puesto que es la característica subyacente que todos los maestros deben poseer.  El amor bíblico no es un sentimentalismo tibio, puesto que debe buscar comprender a los estudiantes y darles lo que es mejor para ellos.  Esto requiere empatía y paciencia, pero también una acción firme.  El verdadero amor es compasivo, pero demanda obediencia.  Tratamos de ver las situaciones a través de los ojos de nuestros estudiantes para descubrir sus motivos.  El maestro cristiano debe verlos, no solo como objetos que deben ser instruidos, sino como las imágenes singulares de Dios que poseen sus propias características, habilidades, fallas y necesidades tanto pedagógicas como emocionales.  Esta observación nos ayuda a guiarlos “en las sendas por las que ellos deben andar”.

Usamos una formación amable cuando, por ejemplo, somos pacientes al enseñarle a  un alumno a escribir correctamente con un lápiz o cuando les enseñamos a esperar su turno al requerir nuestra atención.  Sin embargo, fallamos en el amor cuando castigamos a un estudiante que todavía carece de la coordinación motora fina necesaria para que escriba con destreza.  De la misma manera, no damos amor cuando valoramos a los estudiantes superficialmente al conformarlos bajo ciertas “reglas” cuando su conducta no refleja una actitud y disposición genuina.  La formación amable también nos debe llevar a alentar a los jóvenes para que se comprometan a sí mismos para asumir responsabilidades definidas y acepten sus consecuencias cuando no cumplen con ellas.

Los maestros tienen una influencia formativa en sus estudiantes, especialmente al ser los modelos de conducta.  

A menudo les pregunto a los estudiantes universitarios a qué maestros admiraron más y por qué.  Ellos usualmente señalan a aquellos que los impactaron personalmente.  Esto incluye a los que se preocuparon por sus estudiantes; que los inspiraron a aprender y a amar a las personas; y a aquellos que fueron justos o se esforzaron por ayudarles.  Estas acciones personales produjeron más efectos a largo plazo que el contenido enseñado en las materias escolares.  La investigación muestra que la gente tiende a adoptar las creencias y valores de una comunidad en la que encuentran amor y aceptación (Wolterstorff 1980, p.60).  Los estudiantes pueden experimentar también modelos contrarios como los de egoísmo y violencia que surgen en otros aspectos de su vida o a través de la televisión.  No obstante, y por la gracia de Dios, las escuelas y los maestros todavía pueden causar efectos positivos al modelar el fruto del Espíritu.  Esto se produce cuando el amor sostiene las prácticas en la escuela.

Todos fallamos como maestros y también en nuestras características personales, las cuales no podemos esconder de nuestros estudiantes.  Sin embargo, ellos necesitan ver que nos humillamos y nos sometemos en oración para dejar que el Espíritu de Cristo domine nuestras vidas a medida que tomamos decisiones diarias al enseñar.

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Tomado del libro Caminando con Dios en el Aula por Harro Van Brummelen.

2018-01-16T14:36:20+00:00

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