EDUCACIÓN QUE TRANSFORMA UNA NACIÓN

Si los cristianos buscamos transformar nuestras naciones con el poder del evangelio de Jesucristo, no hay manera más efectiva de hacerlo de una manera perdurable que influyendo sus sistemas educativos.  La formación que una generación reciba se reflejará necesariamente en la manera como esa nación manifieste los valores y principios que forjaron las vidas de sus líderes cuando fueron estudiantes.

La educación escolar cristiana es una poderosa operación de Dios, de gran magnitud, en marcha y expansión a todo lo largo y ancho de las Américas.  Esta estrategia busca evangelizar y cristianizar Iberoamérica a través de cientos de escuelas cristianas y miles de educadores evangélicos que están haciendo impacto en las vidas de millones de estudiantes.  La visión es que estos estudiantes, formados en base a los principios y valores cristianos, lleguen a ser líderes de integridad y excelencia que Dios use para transformar nuestras naciones.

Pero, a diferencia de movimientos revolucionarios cuyo único método es transformar la sociedad por medios violentos, la auténtica educación ordenada por Dios busca primeramente renovar al individuo y luego la reforma de la iglesia como condiciones previas a una genuina transformación cultural y social de las naciones.

Definiciones

(Webster’s American Dictionary, 1828; Léxico Concordancia de Strong)

Renovar: Hacer nuevo, restaurar a su estado original, después de haber sufrido algún deterioro, destrucción o depravación.  (Strong’s 341 anakainoo {anakainoo})

Reformar: Formar de nuevo, crear o moldear de nuevo. (Strong’s 1357 dioryosiv {diorthosis})

Transformar: Cambiar de forma o apariencia, pasar por una metamorfosis. (Strong’s 3339 metamorfoo {metamorfoo})

Restaurar: Volver a su anterior estado, restituir (Strong’s 600 apokayistemi {apokathistemi}

Renovar el entendimiento

No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento… (Rom. 12:2 RV60)

El camino a la transformación bíblica viene como consecuencia de un proceso de renovación que sucede en lo interno de nuestra mente.

La perspectiva o lente filosófico en base al cual juzgamos todas las cosas es una condición de la mente que denominamos cosmovisión.  Es la visión particular que cada cual tiene del orden de cosas en el universo que le rodea.  Esta cosmovisión está formada por un conjunto de enunciados filosóficos que, declarados o no, nuestra mente acepta como verdaderos y en base a los cuales contrasta y valida toda nueva información.

Una vida donde Dios está ausente produce una cosmovisión deformada por el pecado, que se caracteriza por una mente reprobada y una conducta desordenada (Rom. 1:28).  Al adquirir una nueva naturaleza por medio del nuevo nacimiento (Col. 3:10), empezamos a exponer nuestra mente (Ef. 4:23) a otro sistema de pensar y vivir (Fil. 4:8).  Esto dará como resultado que nos saturemos más de la manera de ver y juzgar las cosas desde la perspectiva de Dios, pensar como Cristo, tener la mente de Cristo (1 Cor. 2:16).  Esta renovación del entendimiento no es un acto instantáneo como el nuevo nacimiento.  Empieza con un repentino abrir de ojos, una “segunda conversión” en el ámbito intelectual, en donde tomamos conciencia de la manera secular, humanista, pagana y aún atea en la que pensamos, juzgamos y enseñamos.  La renovación hacia una cosmovisión bíblica es un proceso de destruir sistemáticamente viejas fortalezas de pensamiento, derribando nuestros vanos argumentos y toda altivez que en nuestro interior se levanta contra el conocimiento de Dios (2 Cor. 4, 5).  Después de destruir esas viejas estructuras que componen nuestra cosmovisión terrenal, humana y carnal estamos listos para adquirir una nueva manera de pensar que caracterice nuestra vida y enseñanza.

Una cosmovisión auténticamente cristiana requiere un filtro bíblico a través del cual tamizamos todas las filosofías, huecas sutilezas, tradiciones de hombres y rudimentos del mundo que pretenden engañarnos.  No hay sustituto para un conocimiento profundo de la verdad revelada de Dios por medio de su Palabra escrita.  La sabia combinación de este conocimiento de la Palabra con nuestro campo de trabajo, estudio o vocación profesional, constituye la clave de una auténtica integración de fe y vida.  En una integración así no hay tal separación entre lo sagrado y lo secular.

Reformar la Iglesia

A fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.  (Ef. 5:27 RV60)

El segundo paso que precede la transformación de una nación es la reforma de la iglesia.  La iglesia latinoamericana ha experimentado un fenomenal avivamiento, pero un avivamiento está muy lejos de cumplir el propósito reformador de Dios que dio comienzo con un monje llamado Martín Lutero hace 500 años este 2017.

Muchos evangélicos, herederos de la Reforma protestante del siglo XVI, podemos identificar el triple lema que identificó ese movimiento: Sola Scriptura, Sola Fide, Sola Gratia.  Sin embargo, pocos logramos identificar los tres distintivos teológicos de la Reforma que constituyen la esencia del propósito de Dios para tal movimiento: 1) Justificación por la fe, contraria a la justificación por obras, sacramentos o indulgencias a las que Lutero se opuso encarnizadamente.  2) Sacerdocio universal de todos los creyentes, sin necesidad de un clero intermediario entre los hombres y Dios.  3) Llamamiento vocacional, en donde todas las profesiones son santas y constituyen un servicio a Dios, no solo las vocaciones sagradas de sacerdotes y obispos.  Estos tres distintivos fueron la razón de ser de la Reforma.  La Reforma protestante comenzó hace cinco siglos pero no ha concluido, hasta que se cumpla el propósito completo de Dios para la Reforma: que su pueblo entienda y practique estas tres cosas, que fueron distorsionadas durante los años de oscurantismo medieval.  La mayoría de evangélicos entendemos y hemos abrazado sin mayor dificultad el primero; entendemos pero no practicamos el segundo, y apenas estamos empezando a entender el tercero.

El único instrumento para llevar a cabo el propósito total de la Reforma es la educación.  No extraña que Lutero haya estado tan preocupado por establecer escuelas.  Solamente por medio de una educación que integra todo el consejo de Dios en todas las materias escolares podremos producir hombres y mujeres que sirvan a Dios cualquiera que sea su vocación.  Dios no solo está llamando a futuros pastores y misioneros para ir a seminarios a prepararse para “servir al Señor” en el ministerio “tiempo completo”.  En este tiempo, Dios también está llamando ingenieros que construyan templos para las iglesias, abogados que litiguen las causas del pueblo de Dios, comerciantes y hombres de negocios que financien la obra evangelística y misionera, artistas que le exalten por medio de las bellas artes, psicólogos, sociólogos, secretarias, vendedores, etc.  Hombres y mujeres cuyo distintivo llamado vocacional no sea tildado de “secular” sino que, habiendo sido enteramente equipados en instituciones educativas evangélicas con una cosmovisión integrada de la vida, santifiquen su profesión y la pongan al servicio del reino de Dios.

La iglesia evangélica no ha pasado su propio proceso de reforma.  Hemos heredado una reforma de tercera mano, que históricamente tuvo lugar en Europa hace cinco siglos, vino al nuevo mundo y se encarnó en una cultura enteramente anglosajona y de allí nos vino en forma de misioneros norteamericanos cuyo predominante trasfondo teológico y profundo celo evangelístico les hizo obviar enseñanzas claves que Dios en su gracia ahora nos está revelando, tales como la visión misionera por el mundo y esta conciencia de una nueva reforma para la iglesia latinoamericana.

Transformar la sociedad

y él envíe a Jesucristo… a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas… (Hch. 3:20, 21)

dándonos a conocer el misterio de su voluntad… de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra.  (Ef. 1:9, 10)

Si no somos capaces de reformar la iglesia y gobernarla de acuerdo a los principios de la Palabra de Dios es muy poco probable que Dios nos conceda el poder y autoridad necesarios para transformar la sociedad y gobernar las naciones.  Por ello la reforma y consecuente buen gobierno de la iglesia es un pre-requisito para la transformación y gobierno de la sociedad.  Es un orden bíblico que demanda fidelidad a cierta escala para poder ejercer responsabilidad demostrada en una esfera más amplia (Lu. 16:10; 1 Tim. 3:4).

La renovación de la mente se inicia con la justificación por la fe; la reforma de la iglesia acontece cuando entendemos y practicamos el sacerdocio universal del creyente; y la transformación de la sociedad es producto de obediencia y fidelidad en cumplir nuestros distintivos llamados vocacionales.

Nuestras raíces teológicas y la definición de nuestra misionología son determinantes para optar por el papel que creemos que la iglesia (que no es más que sus miembros) debe jugar en la transformación de la sociedad.  Una postura teológica predominante en América Latina nos llama a preocuparnos únicamente de la salvación espiritual de individuos y asegurarles la vida eterna.  Tal postura segrega al cristiano de los problemas sociales de su comunidad y, por tanto, paraliza a la iglesia en su misión evangelizadora integral.  Este extremo conservadurismo facilitó el surgimiento de la postura teológica opuesta, identificada con la “teología de la liberación”, que buscó hacer más conciencia social y política en la iglesia.  La teología de la liberación simpatizó con los movimientos revolucionarios, adoptando su vocabulario, lo cual eventualmente la condenó a sucumbir junto al muro de Berlín y la caída del régimen comunista en el continente euro-asiático.

Independientemente de cuál sea nuestra postura teológica y nuestro grado de parálisis tocante a la misión integral de la iglesia, los latinoamericanos hemos llegado a un grado de madurez que nos permite estar de acuerdo en que ser sal de la tierra y luz del mundo implica más que solo repartir tratados evangelísticos en una plaza.  Vivir nuestra fe cristiana en el lugar de estudio o trabajo significa transformar ese lugar con los principios y valores del reino de Dios.  Ser luminares en el mundo implica recuperar para Cristo todas esas esferas en las que nos movemos y que han sido ilegítimamente usurpadas por el enemigo.  Eso incluye hogares, iglesias, oficinas públicas y privadas, escuelas, universidades y todo aquello que creamos está incluido en la frase “todas las cosas” mencionada en los versículos que encabezan esta sección, todas ellas objeto de un profundo proceso de restauración.

El medio que Dios usará para llevar adelante esta “restauración de todas las cosas” (Hch. 3:21) son instituciones educativas que en su currículum de estudios preparen al estudiante para desenvolverse en todos los campos y cumplir así la función que la Palabra le encomienda de ser sal de la tierra y luz del mundo.  Las iglesias deben reconocer que, con su limitada influencia—proporcional al tiempo mínimo que sus feligreses pasan expuestos a su enseñanza y liturgia—no podrán promover la profunda revolución cultural que se requiere para transformar la sociedad y operar esa restauración a fondo que la Biblia anuncia.  Tal impacto transformador en la cultura y el pensamiento de una sociedad puede realizarse con mayores probabilidades de éxito desde la cátedra de una escuela que desde el púlpito de una iglesia.

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EDUCACIÓN QUE RENUEVA REFORMA 1era Parte    EDUCACIÓN QUE RENUEVA REFORMA 2da. Parte

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